miércoles, 9 de noviembre de 2011

¿PUEDE SER CAPAZ EL CORAZÓN DE PENSAR?

¿Es capaz de pensar el corazón?

Muchos considerarían que la respuesta es un rotundo no. Los sistemas nerviosos que controlan el corazón (el simpático, que lo excita, y el parasimpático, que lo calma) están bien caracterizados. Pero esa negativa habría que matizarla. "No se trata de seudociencia", nos dice por correo electrónico el profesor Mohamed Omar Salem, psiquiatra de la Universidad de los Emiratos Árabes Unidos. "Es un hecho científico que el corazón tiene un tejido cerebral de 40.000 neuronas y que es capaz de segregar casi todos los neurotransmisores del cerebro". El corazón fabrica oxitocina, una hormona relacionada con el amor, las relaciones sexuales y los lazos entre la madre y su bebé, en concentraciones tan altas como en el cerebro. O dopamina y noradrenalina, que se pensaba que eran exclusivas de las células del sistema nervioso central. Se ha medido también el campo magnético del corazón y se ha visto que su intensidad es 500 veces más poderosa que la del cerebro. Salem afirma provocadoramente en un trabajo en la revista The Arab Journal of Psychiatry que el corazón puede incluso procesar y codificar información intuitiva, como si tuviera intuición sobre lo que va a ocurrir, y que es capaz de influir en el cerebro al estar conectado con la amígdala cerebral, el centro de las emociones, además de responder a sus órdenes.

Un corazón extraído de una persona que acaba de morir puede seguir latiendo siempre que reciba sangre y oxígeno. "Tiene una función que es absolutamente maravillosa. Y es que es automático", dice el cardiólogo Josep Brugada, experto en arritmias. ¿Cómo es posible que, fuera del cuerpo humano y privado de todo estímulo, desconectado del sistema nervioso, el corazón preserve esa capacidad de latir? "El corazón tiene un mecanismo de salvaguarda. No se va a parar nunca, o casi nunca". Brugada describe los puntos dentro de su geografía donde se localizan los marcapasos. El primero, en la aurícula derecha (que marca un ritmo de entre 60 y 80 latidos por minuto). Si se estropea, aparece otro automatismo en un nivel más bajo, entre la aurícula y el ventrículo, que marca entre 40 y 50 latidos por minuto..., y si falla, hay un tercer nivel, un automatismo en los ventrículos, entre 30 y 40 latidos. El corazón está repleto de sistemas de seguridad.

El cirujano Josep Oriol Bonnín, con una amplísima experiencia en trasplantes, explica que el corazón posee su propio sistema nervioso autónomo que le permite seguir latiendo tras la muerte cerebral de una persona. Eso permite que ese corazón pueda funcionar en otro cuerpo, a pesar de que se hayan cortado las conexiones nerviosas que lo unían al cerebro del donante. El cirujano no necesita además reconectar estas conexiones nerviosas. Puede parecer una labor rutinaria, pero es como si el corazón supiera que está fuera del cuerpo. Está regido por la ley de la supervivencia: no detenerse bajo ningún concepto. Y es una buena indicación de lo que significa la vida. "Durante muchos años, la limitación a los trasplantes cardiacos fue debida a que no se aceptaba la muerte hasta el último latido del corazón", explica Bonnín. Christian Barnard, el médico que realizó el primer trasplante de corazón en Sudáfrica, en 1967, se adelantó un año a su colega de Stanford Normal Shumway precisamente porque en ese país africano no existían las restricciones legales de Estados Unidos.

Sobre el corazón siguen proyectándose visiones contrapuestas. Para algunos es una formidable máquina pulsante, sin más. Bonnín discrepa de esta visión mecanicista. El corazón "no es solo un músculo tonto que trabaja de noche y de día, o, como decía Barnard, una simple y primitiva máquina de bombeo". "Es un órgano fascinante, capaz de transmitir, incluso de forma táctil, las sensaciones más puras y las más mezquinas. Un órgano complejo a disposición de la vida, latido a latido, transmisor como ninguno de las órdenes cerebrales, pero al mismo tiempo con la suficiente libertad para seguir latiendo a pesar de que el cerebro duerma o esté muerto".

(Reportaje sacado del periódico “El País”)

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